"Lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre" (Mafalda)

jueves, 16 de septiembre de 2010

La leyenda del coche rojo


Autor: letra G
Edad: letras de 6 a 8 años

¡A ver quién adivina en qué leyenda está basado!



Érase que se era
un colegio singular
que tenía un patio enorme
con mucho donde jugar.


Había una campo de fútbol,
un jardín con arbolillos,
y una zona de columpios
con tobogán y un castillo.


El castillo lo ocupaban
el grupo de los matones,
que sólo dejan entrar
a los fuertes y mayores.


Así pasaban los días
en el patio del colegio:
sin columpios ni castillo
para los niños pequeños.


“Esto tiene que acabar”
exclamó un día Josetxo
“aunque no seamos grandes
también tenemos derecho”


Haremos un coche rojo
tan grande y tan divertido
que los mayores querrán
que esté dentro del castillo.


Pero lo que no sabrán
es que iremos escondidos
en el interior del coche
¡van a quedar sorprendidos!


Después de mucho trabajo
y enorme dedicación
dejaron por fin el coche
listo para la invasión.


Se metieron ocho niños
(los ocho más atrevidos)
y los otros lo empujaron
hasta llegar al castillo.


Los mayores envidiosos
salieron a recibirlo
¡Queremos ese cochazo!
¡Que lo metan al castillo!


Cuando el coche estuvo dentro
No pudieron reaccionar
Salieron los 8 niños
Listos para conquistar.


¡Este castillo es de todos!
Si queréis jugar en él
deberemos compartirlo
como si fuese un pastel.


Una mitad será vuestra,
la otra de los pequeños.
Repartido de esta forma,
todos lo disfrutaremos.


Y así comenzó una etapa
de paz y tranquilidad
y gracias al coche rojo
todos pudieron jugar.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Clark metió el triple y yo me hice mayor


PUBLICADO POR LA LETRA E
EDAD:14-17


El primer partido de baloncesto que tengo conciencia haber vivido de verdad y que me marcó se jugó en las pasadas navidades de 2009. Era yo una niña de 13 años y ese día el Estudiantes ganó al Madrid con un triple en el último segundo de Daniel Clark.
Por supuesto que antes había visto muchos otros partidos ya que mi padre me llevaba al campo desde muy pequeña; él siempre llevaba un gorro de colores al partido y le llamaban “Kurdo” no se sabe muy bien por qué. Un gorro que llevó hasta que murió.
Ese día de 2009 fue una jornada muy especial ya desde su comienzo porque fuimos al Polideportivo Magariños a comprarme una sudadera que estrené esa misma tarde y después comimos en un restaurante árabe al que acudimos por primera vez. Yo noté que mi padre ese día me trataba de una forma especial, algo era diferente, pero seguramente yo lo achaqué al partido contra el Madrid que siempre le ponía nervioso.
Mi padre y sus amigos vivieron con una intensidad tal el partido que nos acabaron contagiando a los que estábamos con ellos, a sus hijos e hijas. El triple final que nos daba la victoria fue celebrado como nunca y yo noté algo muy potente en mi interior, algo que no había sentido hasta ese momento en la mirada de mi padre y en su abrazo posterior.
Después fuimos a celebrarlo todos juntos, cerveza para los mayores y refrescos para los más pequeños en la Casa de Campo.
Llegamos a casa tarde, pero aún así mi padre se empeñó en no romper con nuestra tradición nocturna desde hacía un tiempo: Antes de acostarme debía buscar una palabra en el diccionario y ver su significado para así llevármelo de alguna manera a la cama. Esa noche él eligió la palabra, que fue Adoptar: “Recibir como hijo, con los requisitos y solemnidades que establecen las leyes, al que no lo es naturalmente”. Y allí, en ese momento, mi padre me contó que yo era adoptada, lo que eso significaba y lo mucho que me quería. Y lo entendí todo perfecta y serenamente y me pareció que eso me hacía especial porque yo lo era a los ojos de mi padre. Y además me hizo crecer: a partir de ese momento (aunque realmente yo llevaba con esa sensación toda la jornada) vería las cosas de diferente manera, siendo adulta e infantil a la vez, como si hubiera traspasado una frontera natural.
Y desde entonces, se convirtió en un código entre mi padre y yo que las noticias importantes y nuestras decisiones vitales nos las comunicáramos un día que hubiera partido. En un Estu-Barça le hablé de mi primer desamor y que me quería morir literalmente; en un Estu-Granada le comuniqué que quería ser “artista”; un Estu-Murcia fue testigo del anuncio de mi primer premio en un concurso de relatos; en otro Estu-Madrid mi padre me dijo que cuando cumpliera 18 años este verano, él se iría a vivir a Ibiza, junto al mar; y poco después, el día que se jugó el Estu-Bolonia mi padre murió, pero ahí sí que no avisó a nadie.
Hoy cumplo 18 años y parece que ya soy adulta y madura, pero no puedo olvidarme del día que Clark metió el triple y yo me hice mayor.

jueves, 2 de septiembre de 2010

LA CARACOLA



Letra: GR
Edad: 8 años

Marina era la pequeña de una numerosa familia. Nada más y nada menos que diez años más pequeña que el menor de sus hermanos. Marina estaba acostumbrada a que no reparasen en ella. Hola, nena. Qué tal, nena. Marina jugaba sola, se inventaba la vida sola, soñaba que subía a las cumbres más escarpadas para poder tirarse al mar, y nadar, nadar como una sirena. Escalaba los picos más altos del acantilado, que eran las escaleras de su madre, jugaba con los tiburones, buceaba en busca de tesoros. Y en las tardes de agosto se acercaba a las rocas para mirar al mar.
Una tarde, una de las más oscuras y frías que se recuerda de aquel verano, aunque no la peor, claro está. Pero como eso ocurre al final de la historia, por ahora no diré nada. Azotaba el levante y traía olas inmensas a las rocas, le pareció entonces escuchar voces, conversaciones como de mujeres cotorras y parlanchinas que van de un tema a otro sin tener nada que decir. Aguzó el oído y se dio cuenta de que eran las olas. Las olas le hablaban, se enfurecían, trataban de hacerse escuchar, se quitaban la palabra unas a otras para contarle algo antes de chocar contra las rocas. No te vayas, le dijo una. Mis hermanas te explicarán, dijo otra. Debes atender, gritó otra. Porque todas, absolutamente todas, tenían algo que contarle. Y así fue como Marina comenzó a acudir al acantilado aunque cayesen chuzos de punta.
En los días cálidos las olas bajaban tranquilas, soñolientas, parecía que el mar las acunaba. Porque el mar se enfadaba como ella, y se entristecía sin razón. Pero también reía y se volvía socarrón y divertido lanzando sus olas de acá para allá. Aunque era precisamente en las tardes de tormenta cuando el mar lanzaba a las olas más locuaces, y Marina escuchaba las historias que aquellas infelices le contaban antes de deshacerse en espuma contra las rocas. Eran historias sobre piratas sangrientos, pescadores pacientes, tesoros escondidos y batallas.
No me lo creo, dijo la niña una tarde al mar. Nunca he visto un tesoro. Y el mar embravecido y ofendidísimo envió a las olas para que le fuera entregando no solo sus propios tesoros como perlas y corales. Sino también los escondidos por los piratas, o los abandonados en naufragios. Le regaló collares, pulseras, y anillos. Y ella, sin tener ni idea del valor de esas ofrendas, las fue guardando en una pequeña caja de zapatos.
Un día su madre la encontró y quedó horrorizada. ¿De dónde has sacado todas estas joyas? ¿A quién se las has quitado? Son mías, gritó Marina, me las regaló el mar. ¿El maaar? Dios mío, esta niña roba. Hay que hacer algo.
La interrogaron. No, no soy una ladrona, gritó Marina desesperada. La llevaron a un médico, y este decidió que había que tratarla, que todo el asunto resultaba muy extraño, y que lo primero que tenía que aprender era a vivir la realidad, a perder esa fantasía que se estaba volviendo enfermiza. No está bien, no señor, dijo subiéndose las gafas. Hay que internarla, confirmó.
Y Marina salió de su casa llorando, agarrándose a la barandilla del paseo marítimo para gritarle al mar que él era el culpable y que por tanto ahora debía rescatarla. Y este, hecho polvo, trató de arrancarla de ese coche que se la llevaba tan lejos. Pidió ayuda al viento y a la tormenta, llamó a los tornados y a los rayos. Lanzó sus olas al camino por el que se alejaba el coche con la niña.
Aquella noche el mar se tragó el camino y la playa, el malecón y las barcas, el paseo marítimo y los árboles. Y al ver que no podía alcanzarla, le arrojó con sus enormes brazos espumosos una caracola para seguir contándole historias.
Por eso, si encuentras una caracola en la playa, acércatela al oído, porque al principio escucharás el sonido del mar, de las olas. Pero si prestas atención, si tienes paciencia, lograrás oír historias de pescadores y de piratas, de sirenas y delfines, de tesoros escondidos y de batallas. Lograrás escuchar las miles de historias que nunca deja de contar el mar.
















jueves, 26 de agosto de 2010

Mamá ha perdido su sonrisa


Autor: Letra A
Edad: 4-6 años


Violeta quiere encontrar la sonrisa que ha perdido su mamá pero no sabe por donde empezar.

- ¿Dónde están las cosas que se pierden y son invisibles?- se pregunta mientras va de un lado a otro de la casa mirando detrás de los rincones, levantando los cojines del salón y hasta abriendo todos los botes de la cocina.

Al final se le ocurre una gran idea. Va al despacho de papá y coge la lupa grande de detective que está encima de la mesa con mucho cuidado para que no se rompa el cristal porque su papá siempre le dice que es esa lupa es mágica y muy delicada.

¡Ahora sí puede encontrar la sonrisa de mamá! Mira por todas las habitaciones y hasta vacía el gran arcón de disfraces de su cuarto por si allí está perdida la sonrisa de mamá pero nada, no hay manera de que aparezca.
Aunque le da un poco de miedo entra en el cuarto de los trastos viejos y con su enorme lupa pegada al ojo empieza a mirar entre las cajas, libros, y armarios llenos de ropa. Pero la sonrisa de mamá sigue sin aparecer y Violeta empieza a ponerse triste.

Cansada de buscar se sienta en una gran caja y decide hacer algo de magia: - ¡abracadabra! pero la sonrisa de su mamá no aparece por ningún lado.

De repente oye la puerta de la calle, debe ser mamá que ya ha vuelto del trabajo y escucha como empieza a llamarla:

- Violeta, Violeta ya estoy en casa ¿es que no vienes a darme un beso?

Violeta sigue sentada en el rincón del cuarto con la lupa y sin moverse hasta que por fin su mamá la encuentra.

- ¿Pero que haces aquí pequeña? ¿y con la lupa de papá?
- Estoy buscando tu sonrisa porque se te ha perdido.

Entonces su mamá comienza a reírse a carcajadas y su sonrisa se hace cada vez más y más grande.

- Ves mamá, sabía que la encontraría y ahora no vuelvas a perderla que me ha costado mucho encontrarla.

jueves, 19 de agosto de 2010

Caprichos Temporales


Autora: Letra Z

Edad: A partir de 8 años


Mi abuelo era un hombre muy listo y un poco extravagante. O por lo menos eso es lo que dice mi madre. Yo no llegué a conocerle, porque cuando nací, él ya me llevaba mucha vida de ventaja y no pudo esperar más. No le culpo, creo que yo nací demasiado tarde. A mi me hubiera gustado vivir en otra época. Creo que este siglo no me corresponde.

- Hija, venga, coge tus cosas que vas a llegar tarde otra vez a las clases de “desplazamiento espacial”.

Mi madre está empeñada en que asista a esas malditas clases, no sé cómo decirle que las odio, que no me gustan, que yo no quiero desplazarme en el espacio, que lo que a mi me gustaría es desplazarme en el tiempo. En estas clases te enseñan a moverte de un lugar a otro sin necesidad de utilizar ningún medio de transporte. Por eso no me gustan. Una vez encontré una foto de mi abuelo en la que aparecía sonriente encima de un extraño aparato con dos ruedas, creo que en aquellos años era muy popular. Además, no hacía falta conectarla ni nada parecido, funcionaba con el movimiento de tus propias piernas. Lo llamaban bicicleta.

Yo quiero vivir en la época de mi abuelo, cuando todavía no había coches, ni ordenadores, ni clases absurdas de “actitud extra-sensorial”, o “aprende a comunicarte sin hablar” o “juega tú solo, y verás que divertido”.

Me encantaría subir a una de esas bicicletas y sentir el aire en la cara, poder ir a cualquier parte.

Mi madre no me cuenta muchas cosas de la época de mi abuelo, dice que es mejor olvidar el pasado porque no sirve para nada. Que hay que pensar en el futuro. Pero a mi no me lo parece.

Un día cualquiera me dirigía a la escuela de “pinta sin pintura” y me fijé en un extraño cartel escrito con letras grandes. No me lo podía creer, era una invitación para realizar un viaje experimental a la época que quisieras. Había oído hablar de estos viajes, pero todo el mundo decía que no eran seguros, que podías perder el pelo, o quedarte sin piernas o cosas peores. Sin pensarlo mucho me dirigí hacia allí.

La puerta del lugar era muy pequeña, de color rojo y no tenía timbre. Llamé con la mano y esperé. Al cabo de unos minutos la puerta se abrió.

Pero no había nadie. ¿Hay alguien?- pregunté. Pero nadie contestó. Aquella casa estaba completamente vacía. Sólo había una enorme máquina muy extraña en el centro de la sala y un cartel que decía: “ELIGE TU ÉPOCA Y DALE AL BOTÓN”.

La verdad es que estaba un poco asustada, a mi me encanta tener pelo y sobre todo piernas y corría el riesgo de quedarme sin ellas. Pero no podía perder aquella oportunidad. Así que elegí mi época y le di al botón.

No pasó nada. No tembló el suelo, ni hubo una explosión de luz. Nada. Estaba un poco confundida y muy enfadada porque la máquina no había funcionado. Así que salí de allí cabizbaja y me dirigí, como todos los martes a mi absurda clase de pintura invisible.

La ciudad parecía haberse vuelto silenciosa de repente, no había ni un solo coche y hasta se escuchaba el viento chocando en las esquinas. Casi me da un ataque al corazón cuando un niño pasó rapidísimo por delante de mí. ¡Iba montado en bicicleta!

jueves, 12 de agosto de 2010

Roveraz


Edad: 6-8 años.
Escrito por la Letra E.
Un día en el pueblo Azul amaneció el cielo de color verde y en el pueblo Verde amaneció el cielo de color azul. Enseguida se reunieron los dos alcaldes y dijeron a la vez “Me has robado el cielo, ¡Devuélvemelo!”. El alcalde azul que llevaba una camisa muy larga como todos los habitantes del pueblo, juraba que ellos no habían tocado ningún cielo y el alcalde verde que tenía un gran sombrero como todos los habitantes del pueblo, también juraba que ellos no habían hecho nada.
Decidieron ir a ver a la alcaldesa del pueblo Rojo para que les diera un consejo. Cuando llegaron ella estaba durmiendo y les dijo “Pero ¿Qué es esto? Todavía es muy pronto, sólo son las doce de la mañana y me habéis despertado. Volved dentro de una hora que tengo mucho sueño”. Los alcaldes azul y verde se enfadaron un poco, pero tuvieron que esperar en el salón tomando una taza de té rojo. El alcalde azul aprovechó para coser un botón de su camisa y el alcalde verde estuvo todo el tiempo limpiando su sombrero.
Después de una hora se despertó la alcaldesa y fue a recibirles con los grandes zapatos que llevaban los habitantes del pueblo Rojo. Y entonces le contaron su problema con los cielos. La alcaldesa les escuchó medio dormida y al acabar les preguntó: “¿Por qué no vivís con los cielos así cambiados de color?” Y los dos alcaldes respondieron a la vez: ”Porque nuestro cielo es mejor que el suyo.” “Bueno”, dijo la alcaldesa mientras bostezaba de sueño, “La solución es que todos los habitantes y las casas del pueblo Azul se vayan al pueblo Verde y que todos los habitantes y casas del pueblo Verde se vayan al pueblo Azul.”
Los alcaldes siguieron su consejo y estuvieron un mes entero haciendo la mudanza de un pueblo a otro e incluso fueron a cambiar el nombre y así el pueblo Azul tenía el cielo azul y sus habitantes vestían con camisas muy largas y el pueblo Verde tenía su cielo verde y sus habitantes vestían con grandes sombreros.
Pero al día siguiente de la fiesta de inauguración de los dos pueblos, en el pueblo Azul amaneció el cielo de color verde y en el pueblo Verde amaneció el cielo de color azul. Enseguida se reunieron los dos alcaldes y dijeron a la vez “Me has robado el cielo, ¡Devuélvemelo!” Y como no se ponían de acuerdo, decidieron hacer otra vez una mudanza de pueblo a pueblo. Y durante un mes estuvieron cambiando las casas y los habitantes de un pueblo a otro para poder tener un cielo de su mismo color.
Y de nuevo, al día siguiente de la segunda fiesta de inauguración de los dos pueblos, en el pueblo Azul amaneció el cielo de color verde y en el pueblo Verde amaneció el cielo de color azul. Los alcaldes se reunieron y los dos estaban tan tristes que la camisa del alcalde azul estaba casi rota y el sombrero del alcalde verde estaba lleno de agujeros.
Fueron corriendo a ver a la alcaldesa del pueblo Rojo, que como siempre, estaba durmiendo. “¿Otra vez me despertáis antes de las doce de la mañana? Eso es de muy mala educación. Esperad un rato”. Y los alcaldes esperaron y como estaban tan tristes ni siquiera tomaron una taza de té. Después de dos horas apareció la alcaldesa con sus grandes zapatos y escuchó bostezando todos los problemas con las mudanzas. Al terminar, les dijo muy seria: “Lo que se me ocurre es compartir todo entre los tres pueblos, a ver qué pasa”. Y dicho esto se quedó dormida.
Como los alcaldes estaban hartos de hacer mudanzas, decidieron probar la idea de la alcaldesa roja. Y los tres pueblos se unieron en otro más grande que se llamó Roveraz con las iniciales de todos los nombres anteriores. Y todos los habitantes se mezclaron para vivir en casas de diferentes colores y podían vestir con zapatos grandes, camisas largas y sombreros altos.
Y desde entonces, en Roveraz los cielos son azules por la mañana, rojos por la tarde y verdes por la noche mientras sus habitantes sueñan siempre en multicolor.

Fin





martes, 3 de agosto de 2010

El musical de El Rey León

Autor: Letra G
Recomendado para: todas las edades.


Hace una semana hice un viaje a Nueva York y, aunque estuve en la juguetería más grande del mundo o vi la tienda de chuches más increíble de mi vida, encontré un lugar aún mejor para letras como nosotros: el musical del Rey León.

Nunca, y digo nunca en mi vida de letra, he disfrutado tanto con una obra.

Una hora y media cargada de disfraces espectaculares y llenos de imaginación, música y voces que llenaban la sala, escenarios y recursos que no podía creer que alguien pudiese inventar… en definitiva, un espectáculo completo en el que no pude dejar de aplaudir y tararear.

Y lo mejor de todo es que no tendremos que viajar a Nueva York o Londres para poder verlo… ¡parece que se va a estrenar en el teatro Lope de Vega de Madrid!

Así que todas las letras estaremos atentas a la fecha en que llegue para avisaros porque nadie se la puede perder…. Y si no lo creéis, os dejo el comienzo de la obra para ir abriendo apetito.