"Lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre" (Mafalda)

jueves, 14 de octubre de 2010

¡¡¡A jugar!!!


Escrito por Letra E
Todas las edades.



No quería ir al cine a ver Toy Story 3 y menos ponerme esas gafas que te preparan para el 3D (¿Por qué no nos las podemos llevar a casa? Pero si eso no cuesta nada, qué ratas los de los cines…). Pensaba que tenía películas mejores que ver que una de dibujos animados que hablaba de ¡¡¡juguetes!!! Pero si yo ya soy mayor para eso…

Allí aparecí, en la cola de los cines y pagando once euritos; ya podía disfrutar de la peli, que si no… Me senté en mi butaca y comenzó la película.
Al rato se encendieron las luces y la peli se terminó, increíblemente había pasado más de hora y media con esas gafas y no me había dado cuenta. Al salir a la calle me entraron unas ganas locas de jugar; sí, de jugar. Porque la película nos dice que hay que jugar más, tengamos la edad que tengamos, con nuestros juguetes o con lo que sea, pero JUGAR.
Así que aquí en este blog, lo primero que voy a recomendar es que juguéis. Con vuestros hermanos, primos, vecinos, hijos, padres, madres, amigos, etc. Que todos los días saquéis un hueco para jugar a algo que no tenga que ver con una máquina y que juguéis sin competir. También a los adultos que lean este comentario: ¿No podéis sacar 15 minutos para jugar? Seguro que sí y además os va a alargar la vida, seguro.
Y después de jugar, podemos leer un libro o ir al cine a ver Toy Story 3.

jueves, 7 de octubre de 2010

LA TORMENTA



Edad: A partir de 8 años
Letra GR



Era una nube blanca, esponjosa y divertida. Una de esas nubes en las que uno se fija si mira al cielo. Sus mejores amigos eran la suave brisa y el atolondrado viento. Le gustaba que le soplaran y dejarse llevar. Pero prefería jugar con la brisa porque era un poco más delicada que el viento. Tú déjate hacer, le decía al soplar, que te voy a disfrazar. Y sus soplidos le hacían tantas cosquillas que no podía dejar de reír mientras volaba por el cielo tratando de esquivarla. Unas veces la disfrazaba de pierna escayolada, o de mano con guante. A veces era una sirena, y otras una princesa sin piernas. Era de lo más divertido. La brisa era tan delicada que parecía que la besara o le acariciara los pies, como si sus soplidos, cálidos y tiernos, la descompusiera de cariño. El viento era otra cosa, un poco brutote, soplaba tan fuerte que a veces la deshacía.
-Me haces daño -le gritaba ella-, y él se disculpaba avergonzado. Porque el viento no sabía medir sus fuerzas-. No ves que me desbaratas y luego me tengo que pasar el día recomponiéndome.
Y es que se quedaban desperdigados trozos de ella flotando por el aire. Unas veces sus trozos se convertían a su vez en delfín o escarabajo, y le costaba muchísimo convencerlos para que volvieran a unirse a ella. Aunque en el fondo, no le importaba demasiado porque sabía que lo normal era cambiar, estaba en su naturaleza. No solo lo aceptaba, sino que se dejaba llevar con ilusión. Flotaba por el cielo ingrávida, sin aferrarse a nada. Feliz.
Nube negra era otra cosa. Llegó a Nubolandia una tarde de septiembre. Malhumorada y comilona, lo que más le gustaba en el mundo era beber. Bebía de los ríos y de los mares, de los arroyos y de los lagos. Bebía y bebía con una pajita dorada, pero nunca dejaba caer ni una sola gota de agua sobre una flor sedienta, ni sobre un campo seco.
-Es una avariciosa, glotona y pendenciera –le contó la brisa a nube blanca.
-Aquí la que manda soy yo- dijo nube negra el primer día que llegó a los páramos de Nubolandia. Y todos comprendieron que no tendría más remedio que ser así porque sus amigos eran el rayo, el trueno, los tornados y los huracanes.
Ya desde el principio se pavoneo orgullosa delante de nube blanca. Pero ella no le hizo caso, continuaba bailando con sus amigos la danza de la transformación. Eso hizo que nube negra se sintiera superflua y se enfadara. Alimento su rabia día a día. Y así fue como se volvió más negra, más gorda, mas enfurecida, mucho más odiosa.
Una tarde se acercó a nube blanca que permanecía quieta y le preguntó:
-¿Se puede saber qué haces?
-Tapando un agujero del cielo hasta que alguien venga a coserlo.
-Y a ti que te va y que te vienen los agujeros del cielo.
–Es para que pueda salir el sol.
-No te servirá de nada, nube imbécil, porque haré otros. No podrás tapar tantos agujeros como pienso hacer.
-Déjame en paz.
- Pues nada más que por eso haré que pierdas hasta la última gota de agua que hayas bebido. No podrás tapar más agujeros, y tú y ese sol amigo tuyo, vais a saber quién soy yo.
-Pediré ayuda a la brisa, y al viento –gritó nube blanca.
-No me hagas reír. Ni esa brisa de pacotilla, ni ese viento escuchimizado podrán contra mí. Prepárate para la lucha porque te mataré.
Nube blanca llamó a sus amigos y se libró una batalla en el cielo. Todas las nubes acudieron; las blancas y las grises, las pequeñas y las gordas, los cirros y los cúmulos.
-Te venceremos vieja nube negra.
-Ja, ja, ja
Y su risa se mezcló con la del trueno. Nunca sabía nube blanca dónde estaba el trueno porque sonaba aquí y allá, y se reflejaba allá y aquí. El huracán la empujó, y el rayo la intentó deshacer. Esta vez no era transformación, era su muerte. Sus trozos se desparramaban y empezó a soltar un agua suave y limpia; un agua de la que bebieron las flores y los campos secos.
-Debamos ayudar a nube blanca, se está desaguando- dijo la brisa- Hay que mantenerla con vida.
-Distrae al huracán que yo arrastraré al rayo –gritó el viento.
La batalla ya parecía estar ganada por nube negra cuando el viento logró empujar al rayo hasta el pararrayos de la ermita. Con un fuerte grito y un gran chispazo se desvaneció. Nube negra se asustó, lo suficiente para que el viento y la brisa, aprovechando su desconcierto, la empujaran con tanta fuerza que empezó a desaguar. Era tanta el agua que contenía, tan gorda estaba, que los campos se anegaron. Y el huracán al verla tan vencida, tan delgada y ojerosa, se aturulló.
-¿Qué voy a hacer yo sin nube negra? ¿Que huracán que se precie podría luchar sin ella?
-Dónde encontraré otra nube para descargar mi furia –gritó el tornado.
-No tengo rayo, ni nube negra, ni nada por el estilo, así que me marcho -dijo el trueno.
Y mientras nube negra se deshacía en un llanto oscuro, nube blanca tapó los agujeros del cielo para que pudiera salir el sol.
Y el sol, agradecido, le impuso la máxima condecoración que una nube valiente pueda ostentar; una diadema de brillantes que reflejaba mil colores y que se llamaba arco iris.
Desde entonces siempre que se vence a una tormenta, nube blanca sale contenta subida a una carroza y ostentando su condecoración, acompañada, eso sí, de la suave brisa y del atolondrado viento.

viernes, 1 de octubre de 2010

Tan distinta pero tan igual a mí

Autor: Letra A
De: 12 a 100 años

Yo no vi la cara de mi hija nada más nacer ni sentí su cuerpo tibio junto al mío sudoroso.
No tuve ningún síntoma físico que delatara mi embarazo, ni sentí como mi cuerpo se transformaba para albergar al de mi hijo.
Mi hija nunca estuvo en mi vientre, estuvo en mi corazón durante los más de dos años que duró el proceso de su adopción.
Es difícil expresar en unas líneas la montaña rusa emocional que se vive durante una adopción. Como pasas de la tristeza a la euforia en menos de un minuto. Los largos trámites en la administración para conseguir la idoneidad que dejan tu vida al descubierto. La larga espera, el sentir que muy lejos de ti habrá un niño que será tu hijo, al que no puedes ver, ni abrazar, ni darle todo el amor que sientes ya por él aún sin conocerle.
Cuantas veces imaginando su carita tan distinta a ti y soñando cada día con el momento de tenerlo en mis brazos.
Durante mucho tiempo su cuarto estuvo vacío y todas y cada una de las noches mientras lo esperé me asomaba a su puerta tratando de imaginar sus risas, acunando sus sueños a miles de kilómetros .
Por eso, cuando recibimos la ansiada llamada para anunciarnos que nuestra hija de 7 meses nos esperaba en Etiopía y vimos su foto, la felicidad fue inmensa y cada minuto acaricié su rostro, su cuerpo, porque necesitaba aprenderlo y hacerlo mío.
Aquel día de mayo que salí de casa fue consciente de que ese viaje cambiaría mi vida y que al volver a seríamos por fin una familia y ya nada podría separarnos.
Llegamos a Etiopía a las 6:00 de la mañana y apenas una hora más tarde por fin pude abrazar a mi hija. Describir con palabras el torrente de sensaciones y sentimientos que sentí es imposible, solo puedo expresar la nitidez con la que se me quedaron grabados la suavidad y el brillo de su piel, su olor a galletas mojadas y la profundidad de sus ojos, porque en ese momento comprendí que ella también me estaba esperando.
Después llegaron las primeras veces, los primeros biberones, los primeros juegos y día a día esa hija mía me enseñó a ser madre.
Mientras regresábamos a España y ella dormía en su cunita del avión no podía dejar de pensar en la historia de pérdidas que nos había unido. Yo perdía cosas que aquí no se cuentan, ver por primera vez su carita, su primera sonrisa... y ella, ella tanto; sus olores, sus sabores, su idioma, la posibilidad de vivir con quienes la engendraron, su herencia cultural. Pero allí estábamos las dos, una frente a otra unidas por un lazo invisible que va más allá de la sangre.
Ya ha pasado más de 4 años desde su llegada y su cuarto, como tantas veces imaginé, se ha llenado de risas y de toda la luz que ella desprende iluminando todo lo que tocan sus manos pequeñas y morenas.
No hay noche que no siga entrando en su cuarto mientras duerme para darle las gracias por todo lo que me ha dado y para decirle que siempre, pase lo que pase estaré junto a ella.

Por ello estas letras están dedicadas a ti, Raquel Belareti , mi hija, tan distinta pero tan igual a mí.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Caperucita en Manhattan




Autora: Letra Z
Edad: De 8 a 88 años


¡Son los desobedientes los que llevan el mundo adelante!
GIANNI RODARI



Caperucita en Manhattan es una revisión del popular cuento... ¿Os acordáis? Aquella historia en la que una niña iba a visitar a su abuela, y se encontraba con un lobo muy malo que…
Pues bien, en esta historia lo único que permanece son los personajes principales, y ni siquiera en esencia se parecen. La abuelita no es una pobre anciana débil y confiada, sino una antigua cantante de Music-Hall, extravagante y divertida. Y el lobo, ¡ay, el lobo! de feroz sólo le ha quedado la intención, pues es un pobre desgraciado que se quedó atrapado en su propia vanidad, pero que también (aquí no hay sentencias para los que se equivocan de camino) encontrará la salvación.

Sara Allen, la nueva Caperucita es una niña diez años que vive en Nueva York. Inteligente y visionaria, y por supuesto mucho más lista que sus padres. Y más valiente.
Sara es especial. Nadie que no lo sea se convierte en protagonista de una historia. Eso ya deberíamos saberlo. Si quieres encontrar normalidad no busques en la literatura.

Su ansia es la libertad, el obstáculo: los miedos de los otros. Los padres de Sara simbolizan las dificultades que nos pone la vida para que nuestros sueños se vayan alejando. Sólo el que persiste los alcanza. Sara parece intuir esto, pero todavía no lo sabe con certeza.

El personaje que la llevará de la mano, a ella y a cualquiera que se deje atrapar por sus encantos, es una mendiga sin edad llamada Miss Lunatic que se esconde por el día en la estatua de la Libertad y vive de noche, recorriendo calles y conciencias, repartiendo valentía y confianza.

Caperucita en Manhattan es un cuento que cautiva, y si te dejas te obliga a concederte un tiempo para realizar las revisiones oportunas de aquellos anhelos olvidados, aplastados por el peso (que no paso) de los años.

Carmen Martín Gaite escribió esta historia para niños y niñas, y lo hizo sin olvidar que ellos también añoran la rebeldía y las ganas, tal vez ellos más que nadie. Y con palabras adultas y sueños infantiles al terminar de leer esta aventura nos queda la pregunta: ¿Estoy haciendo lo que quiero? Tal vez la respuesta se halle entre sus páginas. Querer averiguarlo ya es un acto de libertad. ¿Te atreves?

jueves, 16 de septiembre de 2010

La leyenda del coche rojo


Autor: letra G
Edad: letras de 6 a 8 años

¡A ver quién adivina en qué leyenda está basado!



Érase que se era
un colegio singular
que tenía un patio enorme
con mucho donde jugar.


Había una campo de fútbol,
un jardín con arbolillos,
y una zona de columpios
con tobogán y un castillo.


El castillo lo ocupaban
el grupo de los matones,
que sólo dejan entrar
a los fuertes y mayores.


Así pasaban los días
en el patio del colegio:
sin columpios ni castillo
para los niños pequeños.


“Esto tiene que acabar”
exclamó un día Josetxo
“aunque no seamos grandes
también tenemos derecho”


Haremos un coche rojo
tan grande y tan divertido
que los mayores querrán
que esté dentro del castillo.


Pero lo que no sabrán
es que iremos escondidos
en el interior del coche
¡van a quedar sorprendidos!


Después de mucho trabajo
y enorme dedicación
dejaron por fin el coche
listo para la invasión.


Se metieron ocho niños
(los ocho más atrevidos)
y los otros lo empujaron
hasta llegar al castillo.


Los mayores envidiosos
salieron a recibirlo
¡Queremos ese cochazo!
¡Que lo metan al castillo!


Cuando el coche estuvo dentro
No pudieron reaccionar
Salieron los 8 niños
Listos para conquistar.


¡Este castillo es de todos!
Si queréis jugar en él
deberemos compartirlo
como si fuese un pastel.


Una mitad será vuestra,
la otra de los pequeños.
Repartido de esta forma,
todos lo disfrutaremos.


Y así comenzó una etapa
de paz y tranquilidad
y gracias al coche rojo
todos pudieron jugar.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Clark metió el triple y yo me hice mayor


PUBLICADO POR LA LETRA E
EDAD:14-17


El primer partido de baloncesto que tengo conciencia haber vivido de verdad y que me marcó se jugó en las pasadas navidades de 2009. Era yo una niña de 13 años y ese día el Estudiantes ganó al Madrid con un triple en el último segundo de Daniel Clark.
Por supuesto que antes había visto muchos otros partidos ya que mi padre me llevaba al campo desde muy pequeña; él siempre llevaba un gorro de colores al partido y le llamaban “Kurdo” no se sabe muy bien por qué. Un gorro que llevó hasta que murió.
Ese día de 2009 fue una jornada muy especial ya desde su comienzo porque fuimos al Polideportivo Magariños a comprarme una sudadera que estrené esa misma tarde y después comimos en un restaurante árabe al que acudimos por primera vez. Yo noté que mi padre ese día me trataba de una forma especial, algo era diferente, pero seguramente yo lo achaqué al partido contra el Madrid que siempre le ponía nervioso.
Mi padre y sus amigos vivieron con una intensidad tal el partido que nos acabaron contagiando a los que estábamos con ellos, a sus hijos e hijas. El triple final que nos daba la victoria fue celebrado como nunca y yo noté algo muy potente en mi interior, algo que no había sentido hasta ese momento en la mirada de mi padre y en su abrazo posterior.
Después fuimos a celebrarlo todos juntos, cerveza para los mayores y refrescos para los más pequeños en la Casa de Campo.
Llegamos a casa tarde, pero aún así mi padre se empeñó en no romper con nuestra tradición nocturna desde hacía un tiempo: Antes de acostarme debía buscar una palabra en el diccionario y ver su significado para así llevármelo de alguna manera a la cama. Esa noche él eligió la palabra, que fue Adoptar: “Recibir como hijo, con los requisitos y solemnidades que establecen las leyes, al que no lo es naturalmente”. Y allí, en ese momento, mi padre me contó que yo era adoptada, lo que eso significaba y lo mucho que me quería. Y lo entendí todo perfecta y serenamente y me pareció que eso me hacía especial porque yo lo era a los ojos de mi padre. Y además me hizo crecer: a partir de ese momento (aunque realmente yo llevaba con esa sensación toda la jornada) vería las cosas de diferente manera, siendo adulta e infantil a la vez, como si hubiera traspasado una frontera natural.
Y desde entonces, se convirtió en un código entre mi padre y yo que las noticias importantes y nuestras decisiones vitales nos las comunicáramos un día que hubiera partido. En un Estu-Barça le hablé de mi primer desamor y que me quería morir literalmente; en un Estu-Granada le comuniqué que quería ser “artista”; un Estu-Murcia fue testigo del anuncio de mi primer premio en un concurso de relatos; en otro Estu-Madrid mi padre me dijo que cuando cumpliera 18 años este verano, él se iría a vivir a Ibiza, junto al mar; y poco después, el día que se jugó el Estu-Bolonia mi padre murió, pero ahí sí que no avisó a nadie.
Hoy cumplo 18 años y parece que ya soy adulta y madura, pero no puedo olvidarme del día que Clark metió el triple y yo me hice mayor.

jueves, 2 de septiembre de 2010

LA CARACOLA



Letra: GR
Edad: 8 años

Marina era la pequeña de una numerosa familia. Nada más y nada menos que diez años más pequeña que el menor de sus hermanos. Marina estaba acostumbrada a que no reparasen en ella. Hola, nena. Qué tal, nena. Marina jugaba sola, se inventaba la vida sola, soñaba que subía a las cumbres más escarpadas para poder tirarse al mar, y nadar, nadar como una sirena. Escalaba los picos más altos del acantilado, que eran las escaleras de su madre, jugaba con los tiburones, buceaba en busca de tesoros. Y en las tardes de agosto se acercaba a las rocas para mirar al mar.
Una tarde, una de las más oscuras y frías que se recuerda de aquel verano, aunque no la peor, claro está. Pero como eso ocurre al final de la historia, por ahora no diré nada. Azotaba el levante y traía olas inmensas a las rocas, le pareció entonces escuchar voces, conversaciones como de mujeres cotorras y parlanchinas que van de un tema a otro sin tener nada que decir. Aguzó el oído y se dio cuenta de que eran las olas. Las olas le hablaban, se enfurecían, trataban de hacerse escuchar, se quitaban la palabra unas a otras para contarle algo antes de chocar contra las rocas. No te vayas, le dijo una. Mis hermanas te explicarán, dijo otra. Debes atender, gritó otra. Porque todas, absolutamente todas, tenían algo que contarle. Y así fue como Marina comenzó a acudir al acantilado aunque cayesen chuzos de punta.
En los días cálidos las olas bajaban tranquilas, soñolientas, parecía que el mar las acunaba. Porque el mar se enfadaba como ella, y se entristecía sin razón. Pero también reía y se volvía socarrón y divertido lanzando sus olas de acá para allá. Aunque era precisamente en las tardes de tormenta cuando el mar lanzaba a las olas más locuaces, y Marina escuchaba las historias que aquellas infelices le contaban antes de deshacerse en espuma contra las rocas. Eran historias sobre piratas sangrientos, pescadores pacientes, tesoros escondidos y batallas.
No me lo creo, dijo la niña una tarde al mar. Nunca he visto un tesoro. Y el mar embravecido y ofendidísimo envió a las olas para que le fuera entregando no solo sus propios tesoros como perlas y corales. Sino también los escondidos por los piratas, o los abandonados en naufragios. Le regaló collares, pulseras, y anillos. Y ella, sin tener ni idea del valor de esas ofrendas, las fue guardando en una pequeña caja de zapatos.
Un día su madre la encontró y quedó horrorizada. ¿De dónde has sacado todas estas joyas? ¿A quién se las has quitado? Son mías, gritó Marina, me las regaló el mar. ¿El maaar? Dios mío, esta niña roba. Hay que hacer algo.
La interrogaron. No, no soy una ladrona, gritó Marina desesperada. La llevaron a un médico, y este decidió que había que tratarla, que todo el asunto resultaba muy extraño, y que lo primero que tenía que aprender era a vivir la realidad, a perder esa fantasía que se estaba volviendo enfermiza. No está bien, no señor, dijo subiéndose las gafas. Hay que internarla, confirmó.
Y Marina salió de su casa llorando, agarrándose a la barandilla del paseo marítimo para gritarle al mar que él era el culpable y que por tanto ahora debía rescatarla. Y este, hecho polvo, trató de arrancarla de ese coche que se la llevaba tan lejos. Pidió ayuda al viento y a la tormenta, llamó a los tornados y a los rayos. Lanzó sus olas al camino por el que se alejaba el coche con la niña.
Aquella noche el mar se tragó el camino y la playa, el malecón y las barcas, el paseo marítimo y los árboles. Y al ver que no podía alcanzarla, le arrojó con sus enormes brazos espumosos una caracola para seguir contándole historias.
Por eso, si encuentras una caracola en la playa, acércatela al oído, porque al principio escucharás el sonido del mar, de las olas. Pero si prestas atención, si tienes paciencia, lograrás oír historias de pescadores y de piratas, de sirenas y delfines, de tesoros escondidos y de batallas. Lograrás escuchar las miles de historias que nunca deja de contar el mar.